Por Gabriel Acevedo
Oaxaca volvió a amanecer secuestrado por el mismo círculo de siempre: bloqueos, amenazas, caos y un gobierno arrodillado frente a la presión política. La Sección 22 convirtió nuevamente las calles en territorio de chantaje mientras miles de ciudadanos quedaron atrapados entre cierres, tráfico, pérdidas económicas y una capital completamente paralizada. Y del otro lado, un gobierno estatal reducido a espectador, escondido detrás de discursos vacíos y mesas eternas de negociación que nunca resuelven nada.
La CNTE insiste en disfrazar de “lucha social” lo que desde hace tiempo dejó de ser defensa del pueblo para convertirse en castigo colectivo. Porque mientras sus dirigentes hablan de derechos, quienes realmente pagan la factura son los comerciantes quebrados, los trabajadores que pierden el día, los enfermos que no pueden trasladarse y los ciudadanos que simplemente intentan vivir. Oaxaca ya no protesta: Oaxaca vive sometido a la lógica de quien más presiona, más obtiene.
Pero sería cómodo culpar únicamente al magisterio. El verdadero desastre tiene nombre: un gobierno sin autoridad, sin estrategia y completamente rebasado. Cada aeropuerto tomado, cada carretera cerrada y cada bloqueo tolerado exhiben la debilidad de una administración incapaz de imponer orden. En Oaxaca ya no gobiernan las instituciones; gobierna la presión. Y eso ocurre porque quienes deberían garantizar estabilidad decidieron administrar el conflicto en lugar de resolverlo.
Lo más grave no es el caos de hoy. Lo verdaderamente alarmante es que la ingobernabilidad comienza a normalizarse. Oaxaca se está acostumbrando a vivir entre bloqueos, miedo y parálisis mientras el gobierno calcula costos políticos y la CNTE mide cuánto más puede tensar la cuerda. Y en medio de esa guerra de intereses, el ciudadano volvió a quedarse solo.
Al tiempo….










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