Por Gabriel Acevedo
Mientras miles de familias oaxaqueñas sobreviven entre hospitales sin medicinas, carreteras destrozadas, inseguridad creciente y comunidades sumidas en el abandono, el gobierno de Salomón Jara Cruz volvió a montar su espectáculo favorito: la Guelaguetza, utilizada una vez más como vitrina política para proyectar una imagen de éxito que dista mucho de la realidad.
Este martes, la secretaria de Turismo, Saymi Pineda Velasco, presentó la edición número 94 de la máxima fiesta de los oaxaqueños. El gobierno presume una derrama económica de 668 millones de pesos y la llegada de casi 149 mil turistas, como si esas cifras bastaran para ocultar el profundo deterioro que padecen miles de ciudadanos en todo el estado.
Los boletos alcanzarán hasta los mil 632 pesos por persona, un precio que para muchas familias resulta inalcanzable. La fiesta que nació del pueblo se ha convertido en un negocio de élite, patrocinado por grandes corporativos como Telcel, Banamex, Coca-Cola FEMSA y Electrolit, mientras las comunidades indígenas que dan vida a esta tradición continúan enfrentando pobreza, marginación y falta de apoyo real.
Detrás del discurso oficial se repite una estrategia conocida: millones de pesos en conciertos, logística, publicidad, operativos y eventos alternos, todo envuelto en una narrativa de prosperidad que contrasta con la vida cotidiana de los oaxaqueños. El año pasado, la administración estatal fue señalada por el derroche en artistas, espectáculos y promoción, sin que hasta hoy exista plena claridad sobre el costo total ni sobre quiénes fueron los verdaderos beneficiados.
Convites, calendas, festivales gastronómicos, ferias del mezcal, de la tlayuda, del tejate y hasta alianzas con los Guerreros de Oaxaca forman parte de una maquinaria propagandística que busca convertir julio en un escaparate político. El mensaje es claro: mientras haya música, luces y turistas, el gobierno espera que la ciudadanía olvide los problemas estructurales que siguen sin resolverse.
La Guelaguetza no está en duda. Es un patrimonio cultural invaluable y el orgullo de Oaxaca. Lo que indigna es que el poder la utilice como cortina de humo para presumir éxito, justificar gastos millonarios y desviar la atención de una realidad marcada por la desigualdad, el abandono y la falta de resultados.
En Oaxaca, la cultura sigue siendo del pueblo; el espectáculo, en cambio, parece haberse convertido en el instrumento perfecto para que el gobierno venda una prosperidad que muchos simplemente no viven.












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