DESPUÉS “D”…nos estamos acostumbrando al desastre

fGabriel Acevedo

Lo más peligroso que le puede pasar a un estado no es una tormenta, ni una protesta, ni siquiera una crisis de seguridad. Lo verdaderamente grave es cuando la gente deja de sorprenderse.

Y ya ocurrió en Oaxaca.

Hoy el ciudadano vive rodeado de caos como si fuera parte natural del paisaje: calles destruidas, basura acumulada, drenajes colapsados, hospitales rebasados, bloqueos permanentes y un gobierno obsesionado con la propaganda mientras la realidad se cae a pedazos.

La tragedia dejó de indignar porque se volvió rutina.

Un día es el calor extremo matando personas.
Otro día son las lluvias inundando colonias enteras.
Después vienen los apagones, las carreteras destruidas o la inseguridad creciendo silenciosamente mientras las autoridades celebran festivales, giras y eventos políticos.

Oaxaca vive atrapado entre la simulación y el abandono.

Aquí todo colapsa rápido: la movilidad, los servicios, la paciencia social y hasta la confianza ciudadana. Pero curiosamente nunca colapsa el aparato de propaganda oficial. Para eso sí hay recursos, cámaras, espectaculares y discursos preparados.

La política se convirtió en un espectáculo donde lo importante no es resolver problemas, sino controlar la narrativa. Si una calle se inunda, toman fotos limpiándola. Si hay crisis, organizan conferencias. Si hay enojo social, culpan al pasado. Y mientras tanto, la vida cotidiana del ciudadano se vuelve cada vez más precaria.

El gobierno administra la percepción.
La gente administra la frustración.

Y quizá eso explique por qué Oaxaca parece avanzar hacia atrás. Porque mientras otros estados discuten desarrollo, inversión y crecimiento, aquí seguimos atrapados sobreviviendo al desastre de cada semana.

La pregunta ya no es si el estado está funcionando mal. Eso es evidente.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo más piensa resistir la sociedad antes de explotar políticamente.

Porque el cansancio social ya se siente en la calle. En el comerciante que perdió ventas por otro bloqueo. En el ciudadano que tarda horas para cruzar la ciudad. En las familias que viven entre calor, apagones y falta de agua. En los jóvenes que entienden que, para tener oportunidades, probablemente tendrán que irse de Oaxaca.

Y cuando un estado expulsa esperanza, empieza a quedarse vacío por dentro.

Oaxaca no necesita más discursos de transformación.
Necesita gobiernos que funcionen.

Porque hasta hoy, la única transformación visible es la normalización del desastre.

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