Por: GABRIEL ACEVEDO
En un país donde la violencia del narco sigue devorando comunidades enteras, donde las desapariciones se cuentan por miles y los cárteles parecen tener más poder que muchas instituciones, el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, decidió salir a dar la cara… pero no para exigir investigaciones, ni justicia, ni claridad. No. Salió a decir que “la oposición se va a quedar chata” y a blindar con declaraciones rimbombantes a la presidenta Claudia Sheinbaum.
¿Así o más grotesca la prioridad?
En lugar de asumir con seriedad las explosivas declaraciones del abogado de Ovidio Guzmán —quien insinuó que su cliente financió campañas políticas en México—, Jara prefirió repetir el viejo guion de “todo es culpa del pasado neoliberal”, ese fantasma conveniente al que se le puede echar la culpa de todo, incluso de lo que está ocurriendo hoy.
“El narco era parte de las relaciones de complicidad del pasado”, dijo con solemnidad. ¿Y el presente, gobernador? ¿Qué hacemos con los indicios actuales, con las estructuras criminales que siguen intactas, con los pactos que, a decir de muchos, solo cambiaron de rostro?
La estrategia es clara: disparar contra la oposición, descalificar a los medios, agitar el espantajo del neoliberalismo, y con eso esperar que nadie haga más preguntas. Pero lo cierto es que el tema de la narcopolítica no se borra con discursos huecos ni con lealtades públicas. Se borra con investigaciones reales, con rendición de cuentas y con la firmeza de enfrentar a los grupos criminales… aunque eso signifique tocar a los “intocables”.
Desde Oaxaca, Jara lanza vítores a Palacio Nacional, pero ¿qué le dice a su propio estado, plagado de violencia, desplazamientos, y territorios donde el crimen manda? ¿También eso es culpa del pasado?
Porque si alguien se está quedando chato, no es la oposición… sino el discurso oficialista que, lejos de combatir la narcopolítica, parece empeñado en normalizarla bajo otro nombre.











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