En el rancho Izaguirre de Jalisco, entre restos óseos y evidencias del crimen organizado, un altar a la Santa Muerte con veladoras aún encendidas reveló la compleja dualidad de este culto: estigmatizado por su vínculo con el narcotráfico, pero adoptado por 8 a 9 millones de mexicanos como símbolo de protección y esperanza.
Según el experto Andrew Chesnut, este es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo, con devotos que van desde taxistas y policías hasta la comunidad LGBT+ y madres buscadoras, grupos marginados que encuentran en la Niña Blanca una aliada más accesible que los santos católicos.
¿Por qué atrae tanto? «Es rápida y eficaz en milagros», explica Chesnut. Mientras el CJNG la usa para bendecir sus crímenes, en Tepito, Doña Enriqueta la celebra como madre de los vulnerables.
Esta es la historia no contada de un culto que desafía tabúes y redefine la espiritualidad mexicana.
Redacción.

