Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos
¡Sorpresa! Resulta que la gentrificación no es un fenómeno místico que desciende del cielo cada que un extranjero con laptop pisa una colonia “de moda”. Aunque muchos quieran venderla como una especie de «evolución urbana inevitable», no. No es como la lluvia. Ni como los temblores. Ni como cuando el aguacate se pone a 100 el kilo. Es, en realidad, la consecuencia de decisiones económicas, sociales y políticas. O sea, de humanos. Vaya decepción.
Pero claro, decir que “las ciudades cambian” suena mucho más bonito. Suena a progreso, a cosmopolitismo, a brunch dominical. Porque a nadie le gusta hablar de lo incómodo: del desplazamiento, del despojo, de cómo el desarrollo urbano muchas veces solo significa una cosa: “fuera tú, entra otro con más dinero”.
En ciudades como CDMX, Oaxaca, Cancún o Guadalajara, el asunto ya es pan de cada día. Pero no nos hagamos. Esta fiebre por mudarse a donde hay servicios, cultura, empleo y Wi-Fi que no se cae, no es un misterio. ¿Quién no ha tenido que migrar —dentro del mismo país— solo para poder ir al médico, estudiar una carrera o encontrar chamba? Y aún así, seguimos sosteniendo la idea de que el desarrollo solo cabe en cinco ciudades. ¿Brillante estrategia de nación o comedia absurda?
Y hablando de comedias, hablemos de Oaxaca. Se acerca la Guelaguetza: época de danzas, bordados, tlayudas y selfies. Pero también, de rentas que suben, calles que se llenan y barrios que se transforman. Aquí el turismo es bendición y castigo. Porque sí, hay gente que vive de eso, que renta un cuarto, que vende nieves, que trabaja en el caos. Pero también hay quienes son desplazados porque ya no pueden pagar una renta que antes no les costaba ni la mitad. Pero eh, ¿quién necesita casa cuando puedes tener un mural “instagrameable” en la esquina?
Lo fácil, por supuesto, es hacer check en la lista de síntomas:
☑ Café de especialidad
☑ Extranjeros con look de nómada digital
☑ Tiendita de la esquina reemplazada por tienda de croissants sin gluten
Listo, diagnóstico completo. ¡Tenemos gentrificación! Pero reducirlo todo a eso es como culpar al termómetro por la fiebre. Lo peligroso de pensar así es que dejamos de ver el sistema y empezamos a buscar culpables a la vista: culpables con acento, con otra piel, con ropa de lino y MacBook bajo el brazo. Culpables cómodos.
Pero la verdad incómoda es esta: el problema no es el extranjero. Es el modelo. Ese que decide quién puede vivir aquí y quién no. Ese que convierte la vivienda en negocio, y que te obliga a elegir entre habitar tu barrio o convertirte en resistencia pasiva con rentita congelada.
Y, seamos honestos, también somos parte del problema. Porque nos enseñaron a habitar las ciudades como consumidores, no como ciudadanos. Nos acostumbramos a usar el espacio público como escenografía, no como trinchera. Mientras no participemos activamente en lo común, el capital seguirá haciendo de las suyas, y el espacio —como todo lo demás— será para quien lo pueda pagar, no para quien lo necesita.
Ahora bien, entiendo la rabia. Entiendo el enojo. Entiendo que el coraje se exprese con gritos, pancartas y hasta rayones en paredes. Perder la ciudad, esa que sentías tuya, esa donde creciste, duele. Porque cuando el lugar que llamabas hogar deja de reconocerte, lo que pierdes no es una casa: es identidad.
Pero cuidado: el riesgo más grande no es el croissant caro, ni el tipo que llegó de Berlín. El riesgo es equivocarse de enemigo. Porque mientras señalamos al otro por su pasaporte, los verdaderos responsables siguen vendiendo la ciudad a pedazos. Y lo peor, como diría mi paisano, es que terminamos repitiendo justo los discursos que nos han puesto muros en la cara.
Porque si tú te molestas por los “extranjeros invasores” y ellos se molestan por los “migrantes peligrosos”, adivina qué: ambos están comprando el mismo discurso. Solo que con diferente bandera.
Así que, aunque a algunos no les guste: la gentrificación no se combate con odio, ni con slogans de TikTok, ni con fotos de barricadas. Se enfrenta con política pública, con regulación, con comunidad. Y sobre todo, con memoria. Porque lo único que nos puede salvar de convertirnos en extraños en nuestra propia casa es recordar quiénes fuimos, quiénes somos… y qué no estamos dispuestos a dejar que nos arrebaten.
El barrio todavía puede salvarse. Pero primero, hay que aprender a reconocernos entre nosotros, sin disfraces, sin filtros y sin cafés de 70 pesos.









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