Por / Gabriel Acevedo
Oaxaca dejó de ser únicamente la tierra de la cultura, el turismo y la postal vendible para convertirse en un territorio donde la violencia avanza mientras el poder político simula control.
El discurso oficial insiste en hablar de estabilidad. Pero la realidad no se maquilla. Oaxaca aparece de manera recurrente entre las entidades con más homicidios diarios del país. No es una percepción. Es un síntoma.
Y cuando un estado comienza a figurar constantemente en las listas nacionales de asesinatos, ya no se puede culpar a la casualidad, a la narrativa opositora ni a la exageración mediática.
Hay muertos.
Y hay silencio.
Mientras los gobiernos presumen gobernabilidad, las regiones del Istmo, la Costa y distintos corredores estratégicos acumulan ejecuciones, ataques armados y disputas territoriales que reflejan algo más profundo: pérdida de control.
La violencia no surge sola. Crece donde el Estado se debilita, donde la autoridad se vuelve decorativa y donde la impunidad deja de ser excepción para convertirse en norma.
Oaxaca no era un estado acostumbrado a competir con entidades marcadas por la guerra criminal. No aparecía de forma permanente en el radar nacional de homicidios.
Algo cambió.
Y no cambió por accidente.
Porque la inseguridad no explota de un día para otro. Se cocina lentamente entre omisiones, pactos de silencio, fiscalías rebasadas y gobiernos más preocupados por la narrativa que por la realidad.
La pregunta incómoda es quién está perdiendo el control.
Porque cuando un estado entra en la conversación nacional por asesinatos diarios, ya no basta con conferencias de prensa ni boletines optimistas. La gente no mide la seguridad con discursos; la mide con miedo.
Y el miedo ya circula.
La ciudadanía observa cómo la violencia se mueve entre municipios, cómo las cifras aumentan y cómo las respuestas oficiales parecen siempre llegar tarde. La política local insiste en proteger su imagen mientras las calles acumulan señales de deterioro.
No se trata solo de criminales. También se trata de gobiernos que fallan.
Porque cuando la violencia crece y el poder responde con negación, lo que se instala no es la paz: es la simulación.
Y Oaxaca empieza a parecer un estado atrapado entre la propaganda institucional y una realidad que ya no se puede esconder.
La tragedia no es únicamente que haya homicidios.
La tragedia es que se normalicen.
Y cuando un gobierno se acostumbra a justificar la violencia en lugar de frenarla, el problema deja de ser criminal.
Se vuelve político.
