❌ LA X EN LA FRENTE…“EL MUNDO SOY YO”

Por Moisés Molina | Análisis político

Una de las experiencias que marcaron mi vida ocurrió en 1997, cuando obtuve el Certamen Nacional de Oratoria “Dr. Belisario Domínguez”, en Comitán, Chiapas. No fue solo un triunfo personal: fue la confirmación de que la palabra aún puede desafiar al poder, aunque el poder haga todo por desacreditarla o someterla.

Todo orador sabe que el epílogo define el destino de un discurso. Es el momento en que se desnuda la convicción o se exhibe la simulación. En aquella competencia, el cierre fue decisivo porque apeló a una fe que hoy parece en ruinas: la fe en el Derecho.

Era entonces estudiante de Derecho, y Los mandamientos del abogado, de Eduardo Couture, funcionaban como una brújula ética. No eran frases elegantes: eran advertencias. El octavo mandamiento, en particular, hoy suena más a acusación que a consejo:

“Ten fe en el Derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del Derecho; en la paz, como sustitutivo bondadoso de la justicia; y, sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay derecho ni justicia ni paz”.

Fue escrito en 1939, cuando el mundo se hundía en una guerra que evidenció el fracaso de la razón frente a la ambición desmedida del poder.

Hoy, ese mandamiento retumba con fuerza brutal.

Lo ocurrido en Venezuela no es un accidente histórico ni una desviación local. Es la demostración del colapso moral de la cultura occidental. Allí fracasaron el Derecho, la justicia, la paz y la libertad. Allí murió la democracia mientras el mundo optó por la indiferencia diplomática.

No es solo la derrota de un país.
Es la derrota de la democracia como valor universal.
Es la derrota del género humano.

El líder de la principal potencia mundial ha llevado el personalismo a niveles que hacen palidecer a Luis XIV, aquel monarca que sentenció: “El Estado soy yo”. Hoy el mensaje implícito es aún más peligroso: “El mundo soy yo”, o cuando menos, “América soy yo”.

Este es el nuevo orden internacional: un reparto cínico del planeta, donde las potencias pactan en silencio, se conceden zonas de influencia y se garantizan impunidad mutua. Cada conquistador avanza hasta donde puede, sin consecuencias, sin sanciones reales, sin frenos éticos.

Para México, la advertencia es clara. El vecino del norte ha marcado territorio y condicionado el futuro. La soberanía se reduce a discurso y la dignidad nacional a cálculo político. Solo queda maquillar la subordinación con retórica, porque la fuerza de los hechos se impone sin pedir permiso.

Hemos retrocedido siglos. Regresamos a la ley del más fuerte. Y mientras tanto, esperamos —con peligrosa resignación— que la historia vuelva algún día a la edad de la razón.

Cuando Luigi Ferrajoli planteó “Por una Constitución para la Tierra”, muchos lo tomaron como una ingenuidad académica. Hoy, esa propuesta comienza a verse como una necesidad urgente: un límite real al poder desbocado de quienes se creen dueños del destino del mundo.

Toda forma de supremacismo —político, económico, militar o cultural— es destructiva. La historia lo ha demostrado una y otra vez. Ignorarlo ya no es ingenuidad: es complicidad.

Por ahora, solo queda resistir desde las ideas. Estudiar, discutir y enseñar democracia, Derecho, justicia y política, aunque parezca un acto contracorriente. Mantener vivos los mundos posibles mientras existan voluntades dispuestas a defenderlos.

Renovar la fe en el Derecho, la justicia, la paz y la libertad no es romanticismo: es una condición de supervivencia civilizatoria. Porque cuando el Derecho calla, las armas terminan hablando.


*Magistrado Presidente de la Sala Constitucional y Cuarta Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia.

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