Por Said Angulo
Oaxaca volvió a registrar actividad sísmica durante la madrugada con movimientos detectados cerca de Huajuapan de León, Crucecita y Río Grande. Aunque las autoridades insisten en mantener “monitoreo permanente”, la realidad es que el estado continúa enfrentando los sismos prácticamente con las mismas carencias, improvisaciones y falta de prevención de hace años.
El problema ya no es únicamente que tiemble constantemente una de las zonas más sísmicas del país. Lo verdaderamente grave es la ausencia de programas sólidos de protección, reacción inmediata y fortalecimiento estructural en comunidades vulnerables. En muchas regiones del estado no existen protocolos claros, simulacros permanentes ni inversión suficiente en infraestructura segura, pese a que Oaxaca históricamente ha sido golpeado por terremotos devastadores.
Mientras el gobierno presume vigilancia y monitoreo, miles de familias siguen viviendo en viviendas frágiles, escuelas deterioradas y hospitales con infraestructura cuestionada. La administración estatal parece reaccionar únicamente cuando ocurre una tragedia mediática, pero no construye una estrategia preventiva real que permita reducir riesgos antes de un desastre mayor.
Especialistas y ciudadanos han señalado durante años la necesidad de crear programas comunitarios de prevención sísmica, sistemas eficientes de alerta en zonas rurales y auditorías permanentes a edificios públicos. Sin embargo, la respuesta oficial continúa limitada a comunicados y reportes técnicos que poco ayudan a una población que vive con miedo constante ante cada movimiento telúrico.
Oaxaca no necesita únicamente monitoreo. Necesita gobiernos capaces de invertir en prevención, educación y protección civil de manera seria. Porque cuando llegue un sismo de gran magnitud —y la historia demuestra que llegará— volverán las mismas imágenes: daños, improvisación, funcionarios culpando a la naturaleza y ciudadanos enfrentando solos las consecuencias de la negligencia institucional.










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