Por Gabriel Acevedo
Un sismo con magnitud entre 5.2 y 5.6, registrado cerca de Ometepec, Guerrero, volvió a poner en evidencia una realidad que los gobiernos federal, estatales y municipales parecen ignorar hasta que la tierra se mueve: la fragilidad de los sistemas de prevención y respuesta ante emergencias en México.
El movimiento telúrico fue percibido en varios estados del sur del país y provocó evacuaciones preventivas en la Ciudad de México. Afortunadamente, no se reportaron víctimas ni daños mayores. Sin embargo, que esta historia haya terminado bien no significa que las autoridades hayan hecho bien su trabajo.
Uno de los principales problemas quedó nuevamente expuesto en la capital del país: miles de ciudadanos reportaron confusión sobre la activación de protocolos y la información oficial tardó en llegar a muchos sectores. La prevención no puede depender de la suerte ni de la reacción espontánea de la población. Después de décadas de experiencia sísmica, México debería contar con sistemas más eficientes, modernos y coordinados.
En los estados del sur la situación es aún más preocupante. Muchas comunidades continúan sin contar con infraestructura adecuada, rutas de evacuación claramente señalizadas o programas permanentes de capacitación ciudadana. Los simulacros suelen convertirse en actos protocolarios para la fotografía oficial, pero pocas veces se traducen en una verdadera cultura de protección civil.
La inversión pública también muestra contradicciones evidentes. Mientras los gobiernos anuncian grandes proyectos de infraestructura, persisten escuelas, hospitales, mercados y edificios públicos con deficiencias estructurales que podrían convertirse en tragedias durante un sismo de mayor magnitud. La prevención sigue siendo el área olvidada de los presupuestos gubernamentales.
Otro punto que merece cuestionamiento es la comunicación oficial. Cada evento sísmico vuelve a exhibir la falta de información clara, inmediata y uniforme. Los ciudadanos terminan recurriendo a redes sociales, rumores o transmisiones improvisadas para conocer lo que está ocurriendo, mientras las autoridades tardan en ofrecer datos precisos.
La ausencia de daños graves en esta ocasión debe verse como una advertencia y no como un motivo de celebración gubernamental. El verdadero examen llegará cuando ocurra un evento de mayor intensidad. Entonces se sabrá si las autoridades aprendieron de las lecciones del pasado o si continúan administrando riesgos con discursos y conferencias de prensa.
Porque cuando la tierra tiembla, la ciudadanía no necesita mensajes políticos ni declaraciones triunfalistas. Necesita gobiernos preparados, sistemas confiables y una estrategia de protección civil que funcione antes, durante y después de la emergencia.
Por ahora, el sismo dejó una pregunta incómoda sobre la mesa: si un movimiento moderado genera incertidumbre y desorganización, ¿qué pasará cuando llegue uno más fuerte?









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