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Oaxaca: entre los bloqueos, la inseguridad y la política de las apariencias

Director Editorial

Oaxaca atraviesa uno de esos momentos en los que la realidad supera cualquier discurso oficial. Mientras el gobierno estatal insiste en proyectar una imagen de estabilidad, transformación y gobernabilidad, los hechos muestran un escenario mucho más complejo: una entidad atrapada entre la inseguridad creciente, los bloqueos permanentes, el desgaste institucional y una clase política cada vez más distante de las preocupaciones ciudadanas.

El caso del Istmo de Tehuantepec es quizá el ejemplo más evidente. Durante los últimos meses, la región se ha convertido en símbolo de una contradicción que el gobierno no ha logrado resolver. Por un lado, se presume como el corazón del desarrollo económico del sur del país gracias al Corredor Interoceánico; por el otro, enfrenta problemas de violencia, disputas territoriales, extorsiones y una creciente sensación de incertidumbre entre la población.

La seguridad pública, que debería ser la prioridad absoluta de cualquier administración, parece haber quedado atrapada entre diagnósticos, mesas de trabajo y discursos optimistas. Mientras tanto, los ciudadanos siguen esperando resultados concretos.

A esta crisis se suma un fenómeno que se ha vuelto cotidiano: la normalización de los bloqueos. Oaxaca parece haberse acostumbrado a vivir bajo la lógica de que cualquier conflicto puede resolverse cerrando carreteras, tomando casetas, bloqueando aeropuertos o paralizando actividades económicas. Lo preocupante no es únicamente la protesta en sí misma, sino la incapacidad de las instituciones para garantizar simultáneamente el derecho a la manifestación y el derecho de terceros a la movilidad, al trabajo y al libre tránsito.

Cada bloqueo representa pérdidas económicas para pequeños comerciantes, transportistas, empresarios y trabajadores que nada tienen que ver con los conflictos que originan las movilizaciones. Sin embargo, la respuesta gubernamental suele limitarse a la negociación permanente, enviando el mensaje de que la presión sigue siendo más efectiva que la ley.

En medio de este contexto, la discusión pública se ha concentrado en temas que revelan otro problema: la desconexión entre el discurso político y la percepción ciudadana. La polémica generada por el uso de una aeronave privada por parte de un alto funcionario estatal no es relevante únicamente por el hecho en sí. Lo es porque exhibe una contradicción evidente entre la narrativa de austeridad que ha caracterizado al movimiento gobernante y las imágenes que terminan llegando a la opinión pública.

La política moderna no se construye solamente con explicaciones jurídicas. También se construye con símbolos. Y cuando los símbolos contradicen el discurso, la credibilidad comienza a erosionarse.

El gobierno de Oaxaca enfrenta hoy un desafío mayor que cualquier crisis aislada. El problema no es un bloqueo específico, una fotografía incómoda o una protesta determinada. El verdadero desafío es la acumulación de conflictos que alimentan una percepción creciente de falta de rumbo y ausencia de resultados.

La llamada Primavera Oaxaqueña llegó al poder prometiendo una nueva forma de gobernar. La ciudadanía tiene derecho a exigir que esa promesa se traduzca en mejores condiciones de seguridad, mayor estabilidad política y soluciones efectivas a los problemas que afectan la vida diaria.

Porque más allá de las conferencias, los comunicados y las estrategias de comunicación, existe una realidad que ningún gobierno puede ignorar: la gobernabilidad no se mide por los discursos que se pronuncian, sino por los problemas que se resuelven.

Y hoy, en Oaxaca, son demasiados los problemas que siguen esperando respuesta.

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