Por Gabriel Acevedo
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, puso sobre la mesa un tema que durante décadas ha contaminado la vida política del país: la imposición de sucesores por parte de gobernadores en funciones.
Sus declaraciones no sólo representan una crítica a prácticas que persisten en distintos estados de la República; también exponen una contradicción que la clase política mexicana ha sido incapaz de resolver. Mientras los partidos hablan de democracia, participación ciudadana y renovación política, en muchos casos las decisiones siguen tomándose desde las oficinas del poder y no desde las bases.
El fenómeno no es nuevo. Cambian los colores, cambian los discursos y cambian los nombres de los partidos, pero la tentación de heredar el poder permanece intacta. Gobernadores que impulsan a secretarios de confianza, familiares, aliados políticos o figuras construidas desde la estructura gubernamental para garantizar la continuidad de un proyecto que, en ocasiones, responde más a intereses personales que al interés público.
El problema va más allá de quién llega al cargo. La verdadera pregunta es qué tan libre puede ser una elección cuando el aparato gubernamental, los recursos políticos y las estructuras partidistas se alinean para favorecer a un candidato previamente seleccionado.
La democracia se debilita cuando las candidaturas se deciden antes de que los ciudadanos tengan oportunidad de elegir. Y se vuelve aún más frágil cuando los procesos internos de los partidos son utilizados para legitimar decisiones que ya estaban tomadas desde el poder.
Las palabras de Sheinbaum reabren un debate incómodo pero necesario: ¿México está construyendo una democracia más participativa o simplemente está perfeccionando nuevas formas del viejo dedazo?
Porque el problema no es únicamente quién gobierna. El problema es quién decide quién gobierna.
Mientras los partidos sigan confundiendo lealtad con mérito y continuidad con democracia, la renovación política seguirá siendo una promesa pendiente.
Y el ciudadano continuará llegando al final de la historia cuando otros ya escribieron el desenlace.











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