Por Said Angulo
Mientras el Servicio Sismológico Nacional reporta actividad sísmica constante en distintas regiones del país, millones de mexicanos enfrentan una realidad incómoda: México sigue sin una verdadera cultura de prevención y con autoridades que reaccionan más al espectáculo mediático que a la protección ciudadana.
A pesar de ser uno de los países con mayor actividad sísmica del mundo, los programas de prevención siguen siendo insuficientes, desactualizados o simplemente inexistentes en muchos municipios. En escuelas, oficinas y espacios públicos los simulacros se han convertido en actos rutinarios sin verdadera capacitación, mientras Protección Civil permanece rebasada por falta de recursos, coordinación y planeación.
El problema va mucho más allá de las alertas sísmicas. En gran parte del país no existen protocolos claros de evacuación, edificios seguros ni campañas permanentes de educación ciudadana. Miles de familias viven en zonas de alto riesgo sin información adecuada y con infraestructura vulnerable que podría colapsar ante un terremoto de gran magnitud.
Cada vez que tiembla, el discurso oficial se llena de llamados a la calma y monitoreos permanentes, pero la realidad demuestra que México continúa dependiendo más de la suerte que de una estrategia nacional sólida. Después de tragedias históricas como los sismos de 1985 y 2017, resulta alarmante que el país siga improvisando frente a una amenaza que no es nueva ni inesperada.
La prevención sísmica en México parece avanzar solo cuando ocurre una tragedia. Pasan los meses, se apagan las cámaras y las autoridades vuelven al abandono institucional, dejando a la población expuesta frente a una eventual catástrofe que podría volver a cobrar miles de vidas.
México no necesita únicamente alertas que suenen segundos antes del desastre. Necesita gobiernos que realmente inviertan en prevención, infraestructura y educación. Porque cuando vuelva a ocurrir un gran terremoto, no bastarán los discursos ni las conferencias: quedará exhibido, una vez más, el enorme vacío de un Estado que nunca estuvo preparado.











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