Por Gabriel Acevedo
La CNTE volvió a las calles. Otra vez los bloqueos, los plantones, las marchas interminables y las afectaciones a miles de ciudadanos que nada tienen que ver con las negociaciones sindicales. Mientras el discurso oficial habla de defensa de derechos laborales, la realidad en las calles muestra una historia muy distinta: trabajadores que no llegan a sus empleos, comerciantes que pierden ventas, turistas que cancelan visitas y estudiantes que continúan siendo los principales rehenes de un conflicto sin fin.
Las demandas del magisterio pueden ser legítimas y debatibles. Sin embargo, lo que cada vez resulta más difícil de justificar es la estrategia utilizada para presionar a las autoridades. Bloquear carreteras, paralizar ciudades y afectar la economía de miles de familias parece haberse convertido en la herramienta favorita de una organización que exige respeto a sus derechos mientras ignora los derechos de los demás.
En Oaxaca, donde la CNTE mantiene una de sus mayores bases de operación, los ciudadanos vuelven a enfrentar el mismo escenario de cada año. Las pérdidas económicas se acumulan, el transporte se ve afectado y la imagen del estado vuelve a quedar marcada por la confrontación. Mientras tanto, los líderes sindicales negocian en mesas de diálogo alejadas de quienes realmente pagan las consecuencias.
La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo la sociedad seguirá absorbiendo el costo de estas movilizaciones? Porque detrás de cada bloqueo hay un comerciante que pierde ingresos, un paciente que no puede llegar a una consulta médica, un estudiante que pierde clases y una familia que ve alterada su vida cotidiana.
La protesta es un derecho constitucional. Lo que no debería ser un derecho es utilizar a toda una población como mecanismo de presión. Cuando una causa social provoca más daño a los ciudadanos que a las autoridades contra las que se manifiesta, es momento de cuestionar si el movimiento sigue defendiendo principios o simplemente protege privilegios.
La CNTE insiste en que lucha por la educación pública. Sin embargo, millones de mexicanos observan una contradicción evidente: mientras se exige una mejor educación, las aulas vuelven a quedar vacías y los alumnos vuelven a ser los grandes olvidados de la discusión.











Deja una respuesta