Por Gabriel Acevedo
La madrugada del 3 de enero no fue una operación militar. Fue un secuestro de Estado. Bombardeos sobre una capital latinoamericana, aviones extranjeros cruzando el cielo de Caracas y un presidente en funciones capturado y sacado de su país por la fuerza. Todo confirmado, sin rubor, por el propio Donald Trump.
No hubo resolución de la ONU. No hubo tribunal internacional. No hubo ultimátum diplomático. Hubo misiles, incursión armada y una declaración triunfalista en redes sociales. Así de simple. Así de brutal.
Estados Unidos no detuvo a Nicolás Maduro: invadió Venezuela.
Lo demás es propaganda.
Trump habló de un “ataque a gran escala” como si se tratara de una hazaña. Como si bombardear una capital no fuera un acto de guerra. Como si capturar a un jefe de Estado extranjero no fuera una violación flagrante del derecho internacional. El mensaje es claro: la ley solo aplica cuando conviene.
Lo más perturbador no fue solo el estruendo de las detonaciones, sino el silencio de muchos gobiernos y el aplauso de otros. Ver a ciudadanos celebrar los bombardeos es la fotografía perfecta del desastre: un país tan destruido que algunos confunden la humillación con esperanza.
Trump llevaba meses anunciándolo. Primero la asfixia económica. Luego las amenazas abiertas. Después la sentencia: los días de Maduro estaban “contados”. Dos días antes del ataque, el gobierno venezolano intentó abrir un canal de diálogo ofreciendo cooperación en migración y narcotráfico. La respuesta fue fuego desde el aire.
La justificación es vieja y conveniente: drogas, seguridad nacional, petróleo. Siempre petróleo. Venezuela no solo es un país en crisis; es el país con las mayores reservas probadas de crudo del planeta. Y la historia demuestra que cuando los intereses energéticos entran en juego, la soberanía se vuelve un estorbo.
Después vino el espectáculo judicial: cargos por narcoterrorismo en Nueva York, fotos, comunicados, discursos. El trofeo estaba listo. No importa si Maduro es culpable o no. El problema es el método. Hoy se normalizó que una potencia capture líderes extranjeros y los juzgue en casa.
Eso no es justicia internacional.
Eso es imperialismo sin máscara.
Rusia lo dijo sin rodeos: agresión militar. Brasil habló de una línea inaceptable. México recordó lo obvio: ningún país tiene derecho a usar la fuerza contra otro. Y aun así, hubo quienes celebraron. Javier Milei felicitó la intervención. Aplaudir una invasión no es valentía política, es una traición histórica a América Latina.
Hoy Venezuela fue el laboratorio. Mañana puede ser cualquier nación que no obedezca, que tenga recursos estratégicos o que estorbe en el tablero global.
Que nadie se engañe:
Si esto se acepta, ningún país es soberano.
Cuando las bombas sustituyen a la diplomacia, la democracia muere.
Y cuando el mundo lo permite, se vuelve cómplice.
DATOS DUROS
- 📅 Fecha del ataque: madrugada del 3 de enero
- ✈️ Acción militar: bombardeos y sobrevuelo de aeronaves estadounidenses sobre Caracas
- 🧨 Tipo de operación: ataque “a gran escala”, según Donald Trump
- 👤 Objetivo: Nicolás Maduro y Cilia Flores, capturados y sacados de Venezuela
- ⚖️ Cargos en EU: narcoterrorismo, tráfico de drogas y posesión de armas (Distrito Sur de Nueva York)
- 🛢️ Contexto estratégico: Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo
- 🌎 Reacciones internacionales:
- Rusia: condena
- Brasil: violación grave a la soberanía
- México: rechazo al uso de la fuerza (Carta de la ONU)
- Argentina: respaldo político a la intervención
- 🕊️ Antecedente clave: América Latina fue declarada Zona de Paz en 2014









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