Por Mario Juan Rosón
Cada julio, en plena efervescencia de la Guelaguetza, se monta una pasarela peculiar. No es de moda, sino de poder disfrazado de artesanía. Y en ella desfilan, con paso firme y sonrisa ensayada, Miriam Ruiz García y Claudia Vásquez Aquino: las verdaderas reinas del cashmere fiscal, las que han hecho del arte popular un negocio tan rentable como opaco.
Con la bandera del “rescate cultural” bien sujeta, exigen al Ayuntamiento “espacios gratuitos” para sus ferias y exposiciones. Pero lo gratuito se convierte en lucrativo cuando, tras bambalinas, cada artesana debe pagar hasta 10 mil pesos por participar. No hay recibos. No hay facturas. Hay una especie de “derecho de piso bordado”, que transforma la economía solidaria en economía sumergida.
¿Y quién se atreve a cuestionarlo? Nadie. Porque la respuesta es rápida y contundente: perder el puesto, la mercancía y hasta el derecho a levantar la voz. Es una estructura cerrada, con jerarquías, castigos y recompensas. Un feudo moderno donde se ejerce el poder con tacones altos y mano dura.
Para darle un toque de legitimidad, se escudan tras la llamada Asociación de Comunidades Indígenas de Artesanos de Oaxaca, una especie de escenografía institucional que da pie a movilizaciones, conferencias y hasta reconocimientos oficiales. Mientras tanto, los pagos se hacen en efectivo, sin comprobantes ni transparencia. Una puesta en escena impecable para un negocio aún más redondo.
El municipio pone la tarima, el audio, las flores. Nosotros, los ciudadanos, ponemos los impuestos. Ellas se quedan con los reflectores… y con buena parte de la recaudación. La Guelaguetza, ese símbolo de identidad y colectividad, huele cada vez menos a copal y cada vez más a billetes recién impresos, arrugados por el uso constante.
Y mientras se acumulan diplomas, menciones honoríficas y homenajes huecos, los verdaderos artesanos —esos que viven de su trabajo, no del negocio de la representación— ven cómo sus espacios se licitan bajo la consigna de la “resistencia artesanal”.
¿Llegará algún día la transparencia a este escenario? ¿O seguiremos celebrando con aplausos el espectáculo de la corrupción elegantemente bordada?
Por ahora, el único bordado que parece importar es el que envuelve fajos de billetes de quinientos y de mil.
Al tiempo…
