Por Omar Morales
Hay frases que en política mexicana envejecen mal… y otras que simplemente se niegan a morir. Una de ellas es el famoso “dedazo”. Ese método no escrito, no declarado, pero perfectamente reconocido por generaciones de mexicanos donde la voluntad de uno pesaba más que la competencia de muchos.
En días recientes, la presidenta criticó la idea de que en las elecciones que se avecinan pueda existir “dedazo” o imposiciones disfrazadas de democracia interna. El mensaje, en el papel, suena a ruptura con viejas prácticas. Pero en la lectura política más fría, abre un debate inevitable: ¿realmente se está cerrando la puerta al dedazo o solo se está cambiando de cerradura?
Porque en México el “dedazo” no siempre llega con señalamiento directo. A veces se disfraza de encuestas, de consensos “unánimes”, de procesos internos donde curiosamente todos coinciden… excepto los que no estaban invitados a coincidir.
El punto central no es solo quién decide, sino cómo se decide. La crítica presidencial toca un nervio sensible: la tensión permanente entre la democracia interna de los partidos y la tentación del control centralizado. Un dilema que ningún sexenio ha logrado resolver del todo, sin importar el color.
Y aquí es donde la discusión se vuelve incómoda pero necesaria. Porque si el discurso rechaza el dedazo, pero los procesos terminan concentrando decisiones en pocos actores, entonces no estamos ante una ruptura histórica, sino ante una continuidad con distinto lenguaje.
La política mexicana tiene una habilidad particular: cambiar las palabras antes que las prácticas. Y por eso el ciudadano promedio ya no se pregunta quién “elige”, sino quién “aprueba” lo que ya fue elegido.
Quien esto escribe lo resumo: en México no desaparece el dedazo, solo cambia de mano… y de discurso.
Al final, la verdadera prueba no estará en los discursos contra la imposición, sino en las boletas, en las candidaturas reales y en si los procesos internos logran abrirse o solo maquillarse.
Porque en política, como en la vida pública, no basta con decir que no hay dedazo… hay que demostrarlo cuando llega el momento de decidir.









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