Por Omar Morales
Hay estados que olvidan rápido.
Oaxaca no es uno de ellos.
Cada vez que una marcha bloquea una carretera, cada vez que una organización instala un plantón o cada vez que una protesta toma las calles del Centro Histórico, reaparece un fantasma que ningún gobierno ha podido enterrar: el recuerdo de 2006.
Han pasado veinte años desde aquel conflicto que transformó la historia política de Oaxaca. Dos décadas después, la clase gobernante sigue intentando convencer a la ciudadanía de que aquella crisis pertenece al pasado. Sin embargo, basta observar las calles para entender que la memoria colectiva tiene otros datos.
Esta semana, miles volvieron a movilizarse para recordar el desalojo fallido del 14 de junio de 2006. Lo que para algunos fue una conmemoración, para otros fue una advertencia.
Porque Oaxaca sigue siendo un estado donde la inconformidad social encuentra en las calles el espacio que muchas veces no encuentra en las instituciones.
El gobierno presume gobernabilidad.
Los ciudadanos enfrentan bloqueos.
El gobierno presume estabilidad.
Las regiones enfrentan hechos de violencia que siguen apareciendo en los encabezados.
El gobierno presume transformación.
Pero los conflictos agrarios, las disputas comunitarias, la falta de servicios básicos y los rezagos históricos siguen presentes en buena parte del territorio.
La pregunta no es si Oaxaca vive una crisis similar a la de 2006.
La respuesta es no.
Pero tampoco puede afirmarse que Oaxaca vive una etapa de paz consolidada cuando la protesta social continúa siendo uno de los principales instrumentos de presión política.
La gobernabilidad no se mide por conferencias de prensa ni por campañas de comunicación institucional.
Se mide por la capacidad de resolver conflictos antes de que estallen.
Se mide por la confianza ciudadana.
Se mide por la percepción de seguridad.
Se mide por la fortaleza de las instituciones.
Y es precisamente ahí donde aparecen las dudas.
Porque mientras el discurso oficial habla de estabilidad, la realidad muestra un estado que sigue conviviendo con bloqueos, manifestaciones, conflictos políticos y episodios de violencia que afectan la vida cotidiana de miles de personas.
Quizá la principal lección que dejó 2006 es que los problemas ignorados nunca desaparecen.
Se acumulan.
Crecen.
Se transforman.
Y tarde o temprano vuelven a tocar la puerta del poder.
Oaxaca aprendió esa lección hace veinte años.
La pregunta es si quienes hoy gobiernan también la aprendieron.









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