Por Gabriel Acevedo
Después de los discursos, después de las promesas, después de las conferencias y después de los aplausos oficiales, México sigue siendo un país donde los problemas nunca se resuelven, simplemente se administran.
Hoy el gobierno presume estabilidad económica, habla de fortalecer acuerdos comerciales y proyecta una imagen de crecimiento hacia el exterior. Pero basta salir a la calle para encontrarse con otra realidad. Una realidad donde los ciudadanos enfrentan bloqueos, incertidumbre, inseguridad, inflación y gobiernos que parecen más preocupados por controlar la narrativa que por resolver los problemas.
La clase política ha perfeccionado el arte de aparentar que trabaja mientras el país se hunde en conflictos que se repiten una y otra vez. Cambian los gobernantes, cambian los partidos, cambian los discursos, pero el resultado es exactamente el mismo: ciudadanos abandonados y autoridades rebasadas.
Hoy México enfrenta una nueva escalada de tensiones sociales. Las calles se convierten nuevamente en campo de batalla, las carreteras son utilizadas como herramienta de presión y miles de personas quedan atrapadas entre los intereses de grupos organizados y la incapacidad gubernamental para encontrar soluciones definitivas.
Y mientras eso ocurre, los responsables se esconden.
Los gobiernos culpan a administraciones pasadas. Las organizaciones culpan al gobierno. Los políticos culpan a la oposición. Todos encuentran un culpable menos ellos mismos.
La tragedia nacional es precisamente esa: nadie asume responsabilidades.
El ciudadano que pierde horas atrapado en un bloqueo no recibe explicaciones. El comerciante que ve caer sus ventas no recibe compensaciones. El trabajador que no puede llegar a su empleo no recibe apoyo. El estudiante que pierde clases no aparece en las negociaciones. Todos son daños colaterales de una lucha donde los intereses políticos siempre terminan por encima del interés público.
Lo más indignante es que la crisis se ha normalizado.
Ya nadie se sorprende cuando una ciudad colapsa. Ya nadie se sorprende cuando una carretera es tomada. Ya nadie se sorprende cuando la autoridad desaparece. Hemos llegado al punto donde el caos forma parte de la rutina nacional.
Y eso debería alarmarnos más que cualquier protesta.
Porque cuando una sociedad se acostumbra al desorden, el fracaso institucional deja de ser una excepción y se convierte en sistema.
México vive atrapado entre gobiernos que prometen transformación y realidades que permanecen intactas. Se anuncian cambios históricos mientras los ciudadanos enfrentan los mismos problemas de hace décadas. Se presume gobernabilidad mientras las calles cuentan una historia completamente distinta.
La pregunta ya no es cuándo llegará la próxima crisis.
La pregunta es si existe alguna autoridad con la capacidad, el carácter y la voluntad para impedir que el país siga siendo rehén de conflictos interminables.
Porque después de todo el ruido político, después de todas las promesas y después de todos los discursos, queda una verdad incómoda:








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