Por Gabriel Acevedo
Hay momentos en que la realidad parece empeñada en exhibir nuestras contradicciones.
México vive una de ellas.
Mientras el mundo observa estadios llenos, inauguraciones espectaculares y la fiesta del Mundial 2026, en Oaxaca las calles vuelven a recordar que existen heridas que ni el tiempo ni los gobiernos han logrado cerrar.
Se cumplen veinte años de aquel junio de 2006 que cambió para siempre la historia política del estado. Dos décadas después, miles volvieron a marchar. No para celebrar. No para mirar un partido. Salieron a recordar que hubo una lucha social cuyas causas profundas siguen sin resolverse del todo.
La memoria volvió a caminar por Oaxaca.
Y cuando la memoria sale a las calles, también aparecen las preguntas incómodas.
Porque mientras los discursos oficiales hablan de gobernabilidad, las carreteras siguen bloqueándose. Mientras se presume estabilidad, diversas regiones continúan registrando hechos de violencia. Mientras se habla de transformación, la protesta social sigue siendo el lenguaje que muchos consideran más efectivo para ser escuchados.
No es el Oaxaca de 2006.
Pero tampoco es el Oaxaca pacificado que algunos intentan vender.
La diferencia es importante.
Hace veinte años, la confrontación puso contra las cuerdas al poder. Hoy, el desafío es más silencioso, más disperso y quizá más complejo: la inconformidad no desapareció, simplemente cambió de forma.
La paradoja se vuelve aún más evidente cuando se observa el escenario nacional.
México recibe al mundo con estadios iluminados y ceremonias impecables. Sin embargo, detrás de la fiesta permanece una cifra imposible de ignorar: más de 133 mil personas desaparecidas.
Mientras millones gritan un gol, miles de familias siguen buscando a sus hijos.
Mientras las cámaras internacionales transmiten imágenes de celebración, madres buscadoras recorren campos, barrancas y fosas clandestinas.
Dos países conviven en el mismo territorio.
Uno aparece en las pantallas.
El, otro carga fotografías.
Y como si las contradicciones no fueran suficientes, el Caso Wallace ha regresado para recordar que la justicia mexicana también enfrenta sus propios fantasmas.
Durante años fue presentado como un ejemplo de eficacia institucional. Hoy, nuevas revisiones judiciales exponen denuncias de tortura, irregularidades procesales y posibles fabricaciones de pruebas.
La pregunta ya no es solamente quién cometió un delito.
La pregunta es cuántas veces el Estado pudo haberse equivocado.
Cuántas veces la necesidad de encontrar culpables terminó desplazando la obligación de encontrar la verdad.
Y es ahí donde todos los temas terminan conectándose.
La lucha social de 2006.
La crisis de desaparecidos.
La inseguridad.
La gobernabilidad.
La desconfianza hacia las instituciones.
Todo forma parte de la misma conversación pendiente.
Porque la verdadera estabilidad no se construye con campañas publicitarias ni con discursos optimistas.
Se construye cuando la gente confía en sus autoridades.
Cuando la justicia funciona.
Cuando la seguridad deja de ser una promesa.
Cuando las familias encuentran respuestas.
Cuando las calles dejan de ser el único espacio para exigir atención.
Oaxaca lo sabe.
México también debería saberlo.
Las celebraciones terminan.
Los gobiernos cambian.
Los reflectores se apagan.
Pero los problemas que no se resuelven siempre regresan.
Y cuando regresan, lo hacen con más fuerza que cualquier discurso oficial.









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