Editorial | Morena y el desgaste del poder

* No es transformación, es reciclaje

Por Gabriel Acevedo

El problema de los partidos que llegan al poder prometiendo una transformación absoluta es que, tarde o temprano, terminan enfrentándose a su propio espejo. Y hoy, Morena parece estar entrando en esa etapa incómoda donde el discurso ya no alcanza para ocultar las grietas internas.

La llegada de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional no representa un nuevo comienzo; representa una operación de control. No llega a construir un partido unido, sino a contener una maquinaria que empieza a mostrar signos evidentes de desgaste, ambición y división.

Morena ya no pelea contra la oposición. Morena pelea contra Morena.

Los llamados “defensores de la Cuarta Transformación” llevan meses disputándose posiciones, operando candidaturas adelantadas y utilizando estructuras públicas como plataformas personales. Mientras el discurso habla de principios, en la práctica lo que domina es la lucha por cuotas, territorios y candidaturas. El partido que nació criticando al viejo sistema parece cada vez más cómodo repitiendo sus prácticas.

La narrativa de unidad empieza a quedarse corta cuando los aspirantes ni siquiera abandonan sus cargos antes de entrar en campaña interna. El mensaje es claro: primero el interés político, después las reglas.

Y eso no es transformación. Eso es reciclaje.

La alianza con el Partido Verde y el PT tampoco es una muestra de fortaleza; es una señal de dependencia. Morena necesita aliados porque ya no tiene el mismo arrastre automático que presumía hace unos años. La marca sigue siendo fuerte, pero el desgaste de gobernar empieza a cobrar factura.

La ciudadanía observa cómo las promesas de combate a privilegios conviven ahora con grupos internos que negocian posiciones como si fueran franquicias electorales. Los acuerdos duran mientras convienen; la lealtad política se mide por candidaturas.

En estados como Oaxaca, el panorama es aún más delicado. Las diputaciones federales ya se perfilan como botín político. Distritos repartidos, alianzas condicionadas y operadores moviendo piezas antes de tiempo. No se trata de quién representa mejor a la gente; se trata de quién logra quedarse con la estructura.

El verdadero reto para Morena no está en derrotar a la oposición.

Está en evitar que sus propias fracturas lo consuman desde dentro. Porque cuando un partido deja de discutir ideas y comienza a pelear exclusivamente por posiciones, el desgaste ya no es ideológico.

Es moral.

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